¿Qué difícil es tomar decisiones o no? Estaba viajando sola hace siete meses por Sudamérica, seis de ellos en Brasil y era  mi tiempo record viajando fuera de Perú. Después de conocer tantos lugares, vivir experiencias soñadas, conocer nuevas filosofías de vida y aprender nuevas cosas. Entre ellas, pasar año nuevo en Valparaíso con unos completos extraños. Tirar dedo en la carretera argentina, ser recogidas por un completo desconocido y amable camionero y tomar mate con él. Pasar los carnavales en Sao Paulo, un sueño realizado después de años bailando Axe Bahía en el colegio. Trabajar en un crucero en las bellas playas caribeñas de Brasil haciendo lo que más me gusta fotografiar. Y luego moverme al norte brasilero probar su comida picante y conocer la cultura brasilera desde sus inicios. Mi visa en Brasil se vencía, quería seguir viajando y tenía que decidir que sería lo siguiente.

Todas estas experiencias me gustaría compartirlas con ustedes con más detalles poco a poco en mi blog.

“Viajar es la única cosa que compras y que te hace más rico “

Mirando uno de los atardeceres más bonitos en Morro de Sao Paulo en Brasil tenía que tomar decisiones ante la penumbra de mi futuro. ¿Volver a Perú? ¿ Irme a Nueva Zelanda con mi visa de work and holiday? que vencía en 3 meses o ¿Quedarme en estas playas paradisiacas de Brasil?.

Nueva Zelanda es un país exótico y diferente a otros que había conocido, tenía mucha curiosidad de ver las aves kiwis pero sobre todo viajar tan lejos. Brasil y Perú siempre iban a estar ahí para cuando quiera volver. Además, admito extrañaba a mi familia, las tertulias con mis amigas y mi cómoda cama con privacidad por un momento. Entonces tomé una decisión compré mi ticket de Chile – Auckland y aprovechando la situación decidí ir a Perú un par de meses antes de mi largo viaje.

De repente escuché las combis con cobradores gritando para conseguir pasajeros, ruido de bocinas por el tráfico y gente vendiendo comida en las calles, y sentí que ya estaba en casa en mi linda Lima la gris.  Mi familia y amigos me consintieron con mis comidas favoritas y actividades para hacer juntos que amerite algunas historias y buenas conversaciones. Ellos me invadieron de preguntas como ¿Cuáles eran mis planes? ¿Qué seguía después? y respondí que me voy a trabajar a Nueva Zelanda un año. Mi mamá me miró desentendida y solo asintió con la cabeza como alguien que se da por vencido. Seguido me dijo que se iba de viaje a Cusco con mi tía y hermano , y si quería podría ir con ellos antes antes de mi viaje y yo respondí si sin pensarlo.

Cusco es un lugar mágico , hermoso y me hacía conectarme  conmigo misma y a mis raíces, y eso era lo que necesitaba en esos momentos.

Cusco es el lugar de nacimiento de mi madre. Por ello crecí  comiendo, escuchando y viviendo la cultura cusqueña desde muy pequeña. La familia de mi madre es como dice ella “humilde pero honrada”. Ella me contó que su familia vino a Lima por una vida mejor cuando ella era muy pequeña, sin embargo se acordaba de todas las calles del barrio de San Blas, donde nació y creció. Desde que tengo uso de razón mi madre me hablaba algunas palabras en quechua, que no supe que era quechua hasta que decidí estudiarlo. Una de las frases que mi madre solía decirme mucho, en especial cuando era más joven y le pedía dinero para necesidades superficiales, era Manan Kanchu, que significa no hay.

Estuve una semana con mi familia recorriendo varios lugares en Cusco, comiendo las ricas humitas que venden en las esquinas de la Plaza de Armas, mi madre hablando con nostalgia de su niñez, tomándonos fotos turísticas en la comunidad de Maras y comiendo nuevamente . ¿Les dije que la actividad favorita de mi familia es comer?

Las noches de Cusco eran muy frías tanto que mi nariz se tapaba y dejaba de sentir mis dedos congelados. El olor peculiar de baby alpaca de mi chompa. Y contemplando aquellas luces amarillas de la plaza de armas de Cusco me hizo sentir más cálida que nunca.  Sentí algo que había buscado por mucho tiempo, ese sentimiento de pertenecer a un lugar, mi lugar en el mundo o por lo menos el lugar que siempre regresaría y estaría más tiempo que otros, y ese lugar era Cusco.

Mi familia se regresó a Lima y a mi me quedaba una semana más. Decidí quedarme en la casa de mi buen amigo José , que es barista y fotógrafo. Él tenia su negocio de una pequeña pero linda cafetería llamada Monkey Coffee ubicada en el corazón de San Blas. También, él con su amigo habían abierto una galería de arte fotográfico, donde durante horas estuve viendo fotografías de Cusco de excelentes fotógrafos con un extraordinario ojo para hacer arte.

Durante mi estadía con mi amigo José, que está muy metido en la foto callejera, fuimos hacer fotos de calle alrededor de Cusco, conocer otras galerías de arte y me leí casi todos sus libros de fotografía que tenía en la mini biblioteca de su cafetería. Es increíble la gente que te encuentras y hacen enriquecer tus conocimientos.

Entonces decidí volver a mis raíces. Sentí que no era mi momento para viajar a otro país, necesitaba una súper inyección de pertenencia de mi lugar favorito Cusco. Decidida ya no viajar a Nueva Zelanda, ni volver por el momento a Brasil regresé a Lima por mis cosas, me instalé en una casita en San Blas y decidí probar suerte como fotógrafa en Cusco.

El café en el Perú cada vez comienza a ser más competitivo. Hay muchos cafés en Cusco, pero muy pocos que te dejen un gran placer en el paladar. Gracias a mi buen amigo José y a un cliente que tenía su cafetería llamada Café D’wasi decidí incursionar más en el mundo de las cafeterías haciendo catas de café, yendo a las chacras de cultivo y aprendiendo más sobre los procesos de café. Aprendí más sobre café en ese corto tiempo que trabajé con la cafetería D’wasi y Monkey Coffee más que en todos mis años de vida. Y sin darme cuenta en Cusco comencé a conocer más gente apasionada. Amante del café, catadores de vino, expertos en cocina, emprendedores con mucha energía, creadores de contenido y otros viajeros soñadores. Es increíble lo que atraes compartiendo tu trabajo o simplemente la energía que atraes cuando amas lo que haces.

Era noviembre, la temporada en Cusco estaba baja ya que se acercaban los tiempos de lluvia. El turismo estaba bajando y cada vez las oportunidades de trabajo en fotografía porque los negocios no tenían mucho dinero. Entonces como caído del cielo conseguí un trabajo online para editar fotos para una empresa americana, no ganaba mucho pero suficiente para vivir en Cusco hasta que la temporada mejorara. Sin embargo, mis ganas de seguir viajando y conociendo otros lugares en el mundo seguían invadiendo mi cabeza indecisa.

Entonces recibí una propuesta irresistible de negarme. Apareció en mi vida un loco en una moto, que decía venir desde México en moto y que su plan era ir al fin del mundo.

Yo: ¿Dónde es el fin del mundo?

Motero: Creo que Ushuaia. ¿Quieres unirte a mi viaje?

Yo: jaja bueno no se si hasta el fin del mundo pero hasta Bolivia puede ser.

Partimos después de tres días de conocernos. Él era un casi completamente desconocido para mi, digo casi porque lo único que nos unía era el gusto por el café y la pasión de viajar. No sabia si era la mejor decisión pero decidí seguir a mi instinto viajero.  Dejando la mitad de mi renta sin pagar, llevando sólo la cuarta parte de mi guarda ropa y sobre todo con muchas expectativas por las aventuras que se venían viajando en moto.

En el siguiente artículo voy a hablar con más detalle sobre mi experiencia viajando en moto, ya que es una historia muy amplia para contar.

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